II Domingo de Adviento

 El Bautista aparece en el evangelio como una voz en el desierto. Nuestro mundo es un desierto hoy más que nunca; el desierto crece: materialmente, por la deforestación de los bosques, contra la que todos lo planes de cultivo, conservación y repoblación forestal parecen impotentes, y espiritualmente, por la desertización  del paisaje religioso, pues la humanidad apenas puede oír ya la voz que clama preparadle el camino al Señor. La voz se va extinguiendo en el griterío confuso y turbulento de los medios de comunicación, de las primicias informativas, de las noticias sensacionalistas que se pisan y devoran unas a otras. Y si el profeta aparece con unos hábitos sorprendentemente anti-culturales vestido de piel de camello; saltamontes y miel silvestre como alimento, nosotros hoy estamos bastante habituados a n comportamiento similar por parte de la juventud inconformista; pero estos jóvenes que ahora protestan, a menos que quieran explícitamente convertirse en seres marginales, terminarán entrando por el aro y participarán en el gran juego de los adultos. Hoy sólo es noticia, a lo sumo, la teología que se inmiscuye en los asuntos políticos o promueve cambios sociales. El Bautista lo tendría hoy más difícil que entonces, cuando la gente acudía a oírle, confesaba sus pecados y le concedía al menos un cierto crédito, creyendo que alguien más grande, al que había que preparar el camino, vendría después de él.

 La primera lectura aporta todo el contexto de su mensaje. El contenido de éste es mucho más grande que lo que se puede realizar mañana y pasado mañana: que los israelitas desterrados en Babilonia podrán volver a su patria y reconstruir su templo. El mensaje habla de un futuro, un futuro que está ciertamente próximo y en el que todos los hombres juntos verán la gloria del Señor, en el que Dios mismo, como un pastor, reunirá a toda la humanidad para conducirla finalmente a casa. Este acontecimiento escatológico debe ser proclamado desde lo alto de un monte, pues es un mensaje de gozo. La turbulenta historia del mundo, con sus hondonadas y sus colinas, es decir, con sus caminos escabrosos y tortuosos, se manifestará finalmente como el camino recto y llano por el que Dios ha transitado desde siempre. La historia, que desde el punto de vista intramundano parece encaminarse hacia catástrofes imprevisibles, es, vista desde el final, una vuelta a casa segura y entrañable.

 El tiempo de Dios. La segunda lectura nos dice que no tenemos una visión panorámica del tiempo; calculamos los día y los años, pero nuestros cálculos resultan siempre falsos. En todos los siglos se ha pronosticado el día de la venida de Dios, pero éste nunca ha llegado. Esto ocurre porque el tiempo de Dios no es como el de los hombres: para Dios mil años son como un día. Por eso algunos hablan con un tono de superioridad y de sarcasmo de retraso, de una espera ingenua del fin. Pero el Señor no tarda en cumplir su promesa. Está viniendo constantemente y saca como un pescador la gigantesca red de la historia del mundo sobre la playa. Que el fin del mundo, visto de una forma puramente intramundana, deba ser catastrófico, no turba ni el plan de Dios ni la confianza de los cristianos. Estos simplemente deben procurar que Dios los encuentre inmaculados y en paz con él cuando vuelva. El Adviento prepara esta paz.