Audiencia general (24-Jn): “Que el año sacerdotal sirva para reforzar la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado”

Queridos hermanos y hermanas:
El pasado viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tuve la alegría de inaugurar el Año Sacerdotal, con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la muerte de san Juan María Vianney. El objetivo de este Año, como he escrito en la carta que he enviado a los sacerdotes, es renovar en cada uno de ellos la aspiración a la perfección espiritual, de la que depende en gran medida la eficacia de su ministerio. Asimismo, esta iniciativa servirá para reforzar en todo el Pueblo de Dios la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado para quien lo ha recibido, para toda la Iglesia y para el mundo. Espero que este Año Sacerdotal sea un tiempo de abundantes gracias para todos los sacerdotes, en el que profundicen en su íntima unión con Cristo crucificado y resucitado. Que a imitación de San Juan Bautista, cuya fiesta celebramos hoy, estén dispuestos a “disminuir” para que Él crezca, y así, siguiendo también el ejemplo del Cura de Ars, consideren la enorme responsabilidad de la misión que les ha sido encomendada, que es signo y presencia de la infinita misericordia de Dios.
Publicado por fraternidad
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PENSAMIENTOS SOBRE LA SANTIDAD

I

“Los santos no todos han empezado bien, pero todos han sabido terminar bien. Si hemos empezado mal, procuremos terminar bien e iremos al cielo junto con ellos”

 

II
“La gente dice que es demasiado difícil alcanzar la salvación. No hay, sin embargo, nada más fácil: observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y evitar los siete pecados capitales; es decir hacer el bien y evitar el mal; ¡no hay mas que eso!”

 

III
“Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma están siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan, siempre se quejan, murmuran, están tristes… y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano, un avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra, sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarle siempre, lo que debe durar por siempre.
Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al buen Dios, sí; si no, no están contentos. Me parece que no hay nada que dé tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios.
Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento.”

 

IV
“Si preguntásemos a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Si dejéramos a los santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo.”
V
“Hay muchos cristianos que no saben por qué están en el mundo. ¿Por qué, Dios mío, me has puesto en el mundo? Para salvarte. Y, ¿por qué quieres salvarme? Porque te amo. ¡Qué bello y grande es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el mundo. Todo lo demás es tiempo perdido.”
 

 

VI
“Fuera del Buen Dios, nada es sólido, ¡nada!, ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se viene abajo; la salud, se destruye; la reputación , es atacada. Vamos como el viento. Todo va rápido, todo se precipita. ¡Ah, Dios mío! Hay que compadecerse de los que ponen su afecto en todas las cosas. Lo ponen porque se aman demasiado; pero no se aman con un amor razonable; se aman con amor de ellos mismos y del mundo; buscándose, buscando las criaturas más que a Dios. Por eso nunca están contentos, nunca están tranquilos; siempre están inquietos, siempre atormentados, siempre nerviosos.
Ved, hijos míos, el buen cristiano recorre el camino de este mundo subido en una bonita carroza de triunfo; esta carroza es arrastrada por ángeles y es Nuestro Señor quien la conduce. Mientras que el pobre pecador está enganchado al carro de la vida y el demonio está en el asiento y le hace avanzar a golpes de látigo.”
José P. Manglano, Orar con el cura de Ars, DDB, pág 12-19

Crisis sacerdotales?

En una ocasión alguien me preguntó que por qué andaba yo disfrazado de sacerdote, pues desde que me ordené acostumbro vestir así. He de aclarar que yo no me disfrazo de sacerdote, sino que visto de acuerdo a lo que soy. Mi ropa clerical es mi uniforme, el cual me ha permitido ejercer mi ministerio dentro y fuera de los espacios sagrados dedicados a la celebración cultual.

Vestir así no me avergüenza porque no es algo malo y cuando me he sentido incómodo al constatar que la gente se me queda viendo, me viene a la cabeza que en esta época se suele exigir el testimonio. Y esta es una forma más de recordarle al mundo que Dios existe.

Ya sé que el hábito no hace al monje, ni la sotana al sacerdote, pero quien viste un uniforme, de cualquier tipo, representa a la institución que lo avala y deberá exigirse en su conducta para no demeritarla.

Nos ha tocado vivir una época curtida por un relativismo, con frecuencia agresivo, en la que muchos viven una religiosidad nebulosa, abstracta… y hasta sin Dios. Se confunde le religión con un sentimiento religioso, donde no caben las verdades reveladas inmutables de fe y moral. Los mandamientos son considerados como simples consejitos. La liturgia se confunde a su vez con las prácticas de una vaga religiosidad, sin normas fijas, donde cada quien puede añadir o quitar a su antojo.

El sacerdocio es algo divino, sin embargo tiene mucho de humano. Y siendo que el hombre de nuestra época atraviesa por fuertes crisis de identidad, de inmadurez, de falta de valores y debilidad de virtudes, de inestabilidad familiar y afectiva, no resulta raro que escaseen las vocaciones sacerdotales, puesto que el sacerdocio, como el matrimonio, son vocaciones de servicio y nuestro sistema egoísta de vida no acepta servir.

Resulta lógico que el sacerdote deba cuidar su identidad sin dejarse arrastrar por la tentación de “confundirse” con el resto de los fieles, dado que su misión es de pastor. Debe ser guía en cuanto a su amor a Dios y a los demás. Con un conocimiento profundo y asequible, a la vez, para hablar del amor que nos creó y al que debemos tender a través de nuestra realidad ordinaria.

El Papa Pablo VI, en una alocución a los socios del Club Alpino Italiano les dijo: “El lenguaje bíblico, especialmente en los salmos, llama a Dios con el nombre de roca, de piedra: Él es Aquel que no abandona, Aquel en quien uno se puede apoyar y agarrar, porque sólo en Él está la salvación y la gloria”.

El sacerdote está llamado, pues, a recordar que hemos de edificar nuestra vida en la roca firme de ese Dios que es amor, pero a la vez fuerte como ninguno.

La vocacion sacerdotal: es vocación a la soledad?

 

Es verdad que humanamente muchos sacerdotes pueden experimentar sentimientos de este tipo, por estar en comunidades apartadas, por vivir temporadas difíciles en la vida interior u otras causas.

Pero el sacerdote, como todo cristiano, nunca está solo. Vivimos en constante presencia de Dios y la tristeza o soledad viene cuando perdemos de vista esta realidad. Es muy importante recordar que la vida sobrenatural es la que abarca y da sentido a la humana, por lo que fortalecer este aspecto ofrece visión totalmente distinta a esta y a otras dificultades en la vida del cristiano.

Fortalecer el sentido de filiación divina es un antídoto útil. Se hace considerándola con frecuencia y haciendo actos de fe, esperanza y caridad.

Cabe, sin embargo poner los medios humanos para que Dios pueda auxiliar a una persona que atraviesa por momentos de soledad.

Para un sacerdote será muy favorable:

1. No descuidar lo humano. Ponerse en contacto con otros sacerdotes y con su obispo, ya que es importante el sentido de comunidad. Buscar las actividades en la diócesis, que sean favorables para poner remedio a la soledad: retiros o convivencias sacerdotales.

2. Entregarse a las actividades de su comunidad o parroquia en donde encontrará consuelo, pues justamente, cuando la entrega al servicio de Dios no se concreta en el servicio a los hermanos puede hacer que la mirada se centre en el yo y permanezca ahí.

3. Hacer deporte y procurarse una actividad de esparcimiento.

4. Todo lo anterior sin olvidar que la oración es el lugar donde primordialmente se encuentra la solución, pues se define, en palabras de Santa Teresa, como “un tratar de amistad con Quien sabemos nos ama”. Pasar muchos momentos frente al Sagrario contemplando a Aquel que se encuentra siempre esperándonos para conversar y ser el descanso del corazón es el primer remedio frente a la soledad.