¿Divorciados vueltos a casar?

Muchas veces hemos escuchado que la sociedad actual está viviendo una crisis de valores. Y aunque esta expresión necesita matizarse, vemos que en muchos aspectos estamos perdiendo la brújula y que los valores humanos y cristianos no son buscados porque no se alcanza a ver el atractivo que tienen. A veces la “escala de valores” va cediendo su lugar a los gustos del momento, a las preferencias, según los criterios muy personales y que no parecen ser negociables con ninguna normativa moral.

El matrimonio entre católicos no se escapa de esas influencias. ¡Cuántas parejas se casan por la Iglesia y al poco tiempo se separan! ¿ Fue un matrimonio a la ligera? ¿No se valoró el consentimiento matrimonial para toda la vida?

 Situación canónica

 El Derecho que rige a la Iglesia, llamado Derecho canónico, nos da una definición de matrimonio: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevado por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (Canon 1055,1). Esta definición toma los elementos del Concilio Vaticano II (GS 48) donde se dice que el matrimonio es la íntima comunidad de vida y amor, que surge del irrevocable consentimiento personal de los esposos y que, con ocasión de la celebración del sacramento, se convierte en vínculo sagrado.                                              
La Iglesia ofrece una pastoral preparatoria para la celebración del matrimonio y que las parejas que desean casarse aceptan de buen grado, aunque algunas veces la ven sólo “como requisito” y no como necesidad, razón por la cual se hace difícil una pastoral postmatrimonial, en el sentido de darle buen seguimiento y ayuda a las parejas que ya contrajeron matrimonio para que puedan crecer y consolidarse en su vocación y misión,

 Como pide el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (FC) cuando señala que la Iglesia promueva “programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio para eliminar lo más posible las dificultades en las que se debaten tantos matrimonios, y más aun, para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de matrimonios logrados” (No. 66).

Pero… ¿qué pasa cuando la pareja, sin una verdadera preparación, o después de preparar su matrimonio, y de realizarlo los primeros años, no puede seguir adelante? ¿Por qué se va acabando el encanto? ¿Por qué se hace difícil la convivencia conyugal?

 Se pueden señalar varias causas:

 •El matrimonio es una realidad humana sometida a la fragilidad, sólo en la vida eterna se alcanza la perfección.• El amor matrimonial, para que funcione, pide esfuerzo y donación, entre otras cosas, además de la gracia sacramental. Si falta esto el matrimonio se fractura.

 • Como realidad eclesial vive de su inserción en la vida parroquial, si el matrimonio se margina de esta realidad corre el riesgo de naufragrar.

• Si el amor no se alimenta, se va extinguiendo, y pronto aparece otra persona que, como intrusa, arrebata a uno de los cónyuges provocando con eso la infidelidad.
• Otras veces es la incompatibilidad de las formas de ser de los cónyuges, o bien la interferencia de la misma familia de uno de ellos, como vivir con los suegros; la ausencia prolongada del esposo por razones de trabajo, etcétera.

 Por supuesto que hay más causas, pero éstas parecen ser las más comunes. Y… ¿qué hacer cuando se llega a una ruptura matrimonial donde parece no haber retorno?

 En ocasiones la situación llega a tal grado que se hace difícil, o imposible, que los esposos sigan juntos. Se comienza entonces a pensar en la posible separación, sobre todo de la parte inocente. Es el caso de separación por adulterio de uno de los cónyuges y que afecta directamente a la fidelidad conyugal. ¿Qué hacer entonces?

 La Iglesia siempre está a favor de que se mantenga la unión conyugal lo más que se pueda, pero cuando la relación es imposible, es decir, “cuando la convivencia conyugal, lejos de servir para la consecución de los fines del matrimonio (el bien de los cónyuges y la generación y educación de la prole), se convierte en un detrimento para el bien físico o espiritual de los cónyuges y de los hijos, la defensa de los derechos fundamentales de unos y otros justifica la ruptura de la misma”.

Esta es una medida que muchos esposos en problemas suelen ignorar y que algunos sacerdotes, cuando son consultados, les recomiendan, antes de proceder a la disolución, tratando de hacer lo último posible, aunque a veces es demasiado tarde. Muchos optan decididamente por la separación al no encontrar otra solución, llegando posteriormente al divorcio civil.

Lo anterior nos permite hacer la aclaración de que a nivel sacramental no existe el divorcio cuando el sacramento del matrimonio se realizó “con todas las de la ley”, es decir, cumpliendo todos los requisitos, sobre todo el consentimiento matrimonial. Por eso, en la Iglesia católica no existe la realidad del divorcio a nivel del derecho. Se da sólo la separación temporal e indefinida de los cónyuges, según el canon 1153,1 que dice: “si uno de los cónyuges pone en grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiada dura la vida en común proporciona al otro un motivo legítimo para separarse, con autorización del Ordinario del lugar y, si la demora implica un peligro, también por autoridad propia”. También la separación se da cuando se anula un matrimonio porque al celebrarse el sacramento del matrimonio no se cumplieron todos los requisitos, pero que se detectan posteriormente. Remitimos al lector a que vea el proceso de nulidad en números anteriores de esta revista.

 Lo anterior da como resultado esposos casados por la Iglesia y que se han separado, dándose, incluso, el divorcio civil. A ellos se les pide que se sigan acercando a los sacramentos de la Iglesia, mientras no exista otro obstáculo que les impida la confesión y la comunión. Se dan también los que, divorciados, han vuelto a casarse por el civil con otra pareja. La Iglesia les pide que no se sientan fuera de la Iglesia ni excomulgados, aunque la nueva unión les impide la confesión y la comunión sacramental, fuera del peligro de muerte. Y esto se debe a que el vínculo conyugal del primer matrimonio aún permanece, aunque haya pasado mucho tiempo. Por tanto, a estas parejas se les ofrece la siguiente atención pastoral: “A todos los divorciados vueltos a casar, la Iglesia ha de ofrecer de forma abundante y misericordiosa ‘los medios de salvación’ (FC 84,1). Juan Pablo II se expresa de este modo: ‘En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aún debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida’ (FC 84,3). La Exhortación hace las siguientes alusiones concretas:

• Se les exhorta a escuchar la Palabra de Dios;
• A frecuentar el sacrificio de la misa;
• A perseverar en la oración;
• A incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia;
• A educar a los hijos en la fe cristiana;
• A cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios.
  

La participación en el Sacramento de la Eucaristía no es posible porque: ‘su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran esas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio’ (FC 84,5). Únicamente se admite a la Eucaristía —previa reconciliación en el sacramento de la penitencia — a aquellas personas que viven en situación en que ‘no pueden cumplir la obligación de la separación’ (por motivos serios, como, por ejemplo, la educación de los hijos y con tal de que asuman el compromiso de vivir en plena continencia, o sea, de abstenerse de los actos propios de los esposos” (FC 84,5) .

No se nos olvide que: “El divorciado es un cristiano, al menos en el sentido mínimo de ser bautizado, y aunque la Iglesia afirma que su situación actual es objetivamente una situación de pecado, los divorciados que se han vuelto a casar siguen perteneciendo a la Iglesia y a la comunidad parroquial en la que viven. Aunque sus derechos estén en parte limitados, no están excomulgados ni excluidos de la Iglesia; son y permanecen miembros de la Iglesia. Tienen la obligación, ante todo, de hacer lo posible por activar, educar y madurar su fe, así como de educar humana y cristianamente a sus hijos, participando en la vida de la Iglesia y en las luchas por la caridad y la justicia. Las obras de penitencia y la asistencia a la Eucaristía dominical, aún en la imposibilidad de comulgar, siguen urgiéndoles. (…) Hay que insistirles en la necesidad e importancia de la oración, tanto más cuanto que algunos de ellos tienen a veces papeles muy activos en la comunidad cristiana de la que forman parte. Sería lamentable pensar que todo su esfuerzo es inútil a los ojos de Dios, así como que creyesen que, por el hecho de haber sido apartados de los sacramentos, ya no tienen nada que hacer en la Iglesia. Los sacramentos son importantes, pero no son todo, debiendo la pastoral prestar atención no sólo a la evangelización de los divorciados que se han vuelto a casar, sino también a las condiciones de una verdadera presencia de dichas parejas en el seno de las comunidades cristianas”.

Que Dios, pues, asista y fortalezca la situación de estos hermanos nuestros y que de los demás cristianos no hagamos más pesada su carga con marginaciones o señalamientos dolorosos; más bien que nuestra actitud sea de comprensión, acogida y ayuda a quienes están en semejante realidad. Rechazarlos es hacerles más difícil la convivencia con la comunidad parroquial y su acercamiento a los medios de salvación, según su situación. El cristiano debe rechazar el divorcio, pero ayudar al hermano divorciado.

¿Por que las mujeres no pueden ser sacerdotes?

La cuestión ha sido planteada minoritariamente por eclesiásticos que han creído interpretar el sentimiento de algunas mujeres de nuestro tiempo, y ha dado lugar a los inevitables comentarios de una prensa ávida de noticias sensacionales, presta a encontrar fisuras en el cuerpo de la Iglesia.
Los propugnadores del sacerdocio femenino han buscado argumentos de índole muy variada para apoyar su propuesta. Entre todos ellos, se pone especial énfasis en aquellos que manifiestan mayor seriedad.

1) Adecuación de la Iglesia a las características de la sociedad moderna

Tras siglos de opresión, la mujer se sitúa hoy en una actitud reinvindicadora (el deseo de otorgarles el sacerdocio no procede, sin embargo, de una actitud de emancipación feminista, sino que ha sido promovido por eclesiásticos principalmente). La Iglesia debe acoger institucionalmente y a todos los niveles esta actitud, y superar así su pasado antifeminista.

Aquí, es fácilmente observable tan sólo una concepción humana de la Iglesia, como si ella pudiera rectificar su esencia constitutiva. Su estructura fundamental no deriva de la sociedad, o de la cultura, o de la mentalidad de su tiempo. La Iglesia no puede pretender hacerse creíble o aceptable para los hombres a base de dejar de ser lo que es, aunque hubiese una opinión mayoritaria que lo reclamara: como Cristo, será siempre al no de contradicción, necedad para algunos y escándalo para otros, fiel a la voluntad divina expresada por la Revelación, conservada en su fe y en su vida de modo continuo y homogéneo, por veinte siglos, con la asistencia del Espíritu Santo.

2) Igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.

Es muy justo hablar de igualdad de derechos del hombre y de la mujer en la sociedad civil, en base a su condición de personas, y en base a que la naturaleza humana es una y la misma en el hombre y en la mujer. También es muy justo hablar de la igualdad radical de todos los fieles en Cristo: igualdad en su común dignidad de hijos de Dios por la gracia, igualdad en la vocación universal a la santidad y a la bienaventuranza en el Cielo, igualdad también del deber fundamental de cooperar activamente en la salvación de las almas. Todo eso comporta también una cierta igualdad de derechos en la Iglesia (aunque aquí conviene usar de una cierta cautela al hablar de derechos: porque, en este orden sobrenatural, dependen de lo que Dios haya querido libremente concederle. Todos los fieles-el varón como la mujer-han sido igualmente regenerados por Cristo en el bautismo y hechos participes de su misión salvadora.

Sin embargo, ningún fiel-ni varón ni mujer-tiene realmente ningún derecho al sacerdocio ministerial. Como en el caso de la elección de los apóstoles y del apóstol de las gentes, es Dios quien llama al sacerdocio a quien quiere, cuando quiere y como quiere: “Nadie se arrogue esa dignidad, si no es llamado por Dios, como Aarón”.

El orden sagrado no está en la linea de los derechos de los fieles, no es como el desarrollo normal del sacerdocio común de todos. El sacerdocio ministerial es un don peculiar, por el que Cristo asume a algunos para que obren en Su nombre con Su autoridad, para prestar a la Iglesia un ministerio peculiar .Como gratuitas y no debidas a los hombres fueron la Encarnación y Redención, gratuitas y no debidas son las condiciones establecidas por Dios para escoger a algunos para el ministerio sacerdotal.

Esto no se opone a la igualdad fundamental de los fieles, ni divide a los cristianos en dos categorías: argumentar de otra modo conduciría a un clericalismo demagógico, como antes tuvimos otro seudoaristocrático. La Virgen Maria, venerada con un culto especial, muy por encima de los santos, nunca tuvo un grado jerárquico en la Iglesia.

3) La prohibición procede de una cultura y una mentalidad paganas.

Los propulsores del sacerdocio femenino argumentan que Cristo eligió sólo hombres por los condicionamientos sociales de la época y la influencia de la mentalidad pagana. La elección de varones sería simplemente un hecho histórico superable. Además, pese a las influencias paganas en la primitiva cristiandad-añaden-, se confirieron determinados ministerios a mujeres.

El Señor escogió como apóstoles a doce varones. Le seguían y servían mujeres-algunas más fleles y enérgicas que los apóstoles-, pero no las llamó al ministerio sacerdotal. Quienes piensan que Cristo se dejaba influir en ello por el ambiente, muestran, además de una actitud irreverente, una total incapacidad para conocerle: los Evangelios dan testimonio más que suficiente de su superioridad sobre los condicionamientos externos.

Por otra parte es gratuito afirmar que la elección exclusiva de varones fue un hecho y no manifestación de una voluntad expresa y perdurable: la Revelación se nos comunica con palabras y con obras, y además no sólo consta en la Escritura, sino también en la Tradición, y según la proposición autorizada del magisterio unitario y permanente.

La alusión a que la mentalidad pagana dificultaba la elevación de la mujer al magisterio sacerdotal, está mal traída, porque no es cierta: precisamente en el mundo pagano contemporáneo de la Iglesia primitiva eran frecuentes las sacerdotisaa, las vestales, etc., y, en cambio, las diaconisas de la Iglesia sólo realizaban oficios asistenciales, de preparación catequética, etc. No hay precedente alguno sobre el sacerdocio de la mujer.

4) La madurez del laicado.

El reconocimiento del valor del sacerdocio común de los fieles, la corresponsabilidad de todos los cristianos en la misión única de la Iglesia, exigen la presencia activa de la mujer en todos los ministerios eclesiásticos. Los que así argumentan dicen que el problema consiste simplemente en dar todo su verdadero valor al sacerdocio común de los fieles. Ha llegado el momento histórico-concluyen-de que la comunidad confíe a cualquiera de sus miembros, según las circunstancias, cualquier ministerio y presidencia sin discriminación alguna.

Se revela aquí una óptica clerical que lleva a concebir el sacerdocio ministerial como un ascenso en el escalafón eclesiástico, como una potenciación de la vocación cristiana, como la meta-en fin-de un carrera, ignorando la realidad eclesial y sumamente eficaz de una existencia cristiana plenamente secular.

De ahí que el Santo Escrivá de Balaguer, que ha dedicado su vida a defender la plenitud de la vocación cristiana del laicado, de los hombres y de las mujeres corrientes que viven en medio del mundo, y por tanto a procurar el pleno reconocimiento teológico y jurídico de su misión en la Iglesia y en el mundo, se haya sentido impulsado a señalar que el cristiano corriente, hombre o mujer, puede cumplir su misión específica, también la que le corresponde dentro de la estructura eclesial, sólo si no se clericaliza, si sigue siendo secular, corriente, persona que vive en el mundo y que participa de los afanes del mundo.

Pero, además, el argumento aludido revela también la confusión entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, error que se incluía ya en el repertorio herético de Lutero. La diferencia esencial, y no de grado, entre ambos, ha sido manifestada frecuentemente por el Magisterio Eclesiástico.

Hemos considerado los principios fundamentales que responden a los argumentos más significativos; podrían añadirse otras razones de conveniencia, pero serian accidentales: lo que importa esencialmente es cómo Dios ha dispuesto las cosas; Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, que es la Iglesia, y sólo Dios sabe las razones que tuvo para hacerlo.

Crisis sacerdotales?

En una ocasión alguien me preguntó que por qué andaba yo disfrazado de sacerdote, pues desde que me ordené acostumbro vestir así. He de aclarar que yo no me disfrazo de sacerdote, sino que visto de acuerdo a lo que soy. Mi ropa clerical es mi uniforme, el cual me ha permitido ejercer mi ministerio dentro y fuera de los espacios sagrados dedicados a la celebración cultual.

Vestir así no me avergüenza porque no es algo malo y cuando me he sentido incómodo al constatar que la gente se me queda viendo, me viene a la cabeza que en esta época se suele exigir el testimonio. Y esta es una forma más de recordarle al mundo que Dios existe.

Ya sé que el hábito no hace al monje, ni la sotana al sacerdote, pero quien viste un uniforme, de cualquier tipo, representa a la institución que lo avala y deberá exigirse en su conducta para no demeritarla.

Nos ha tocado vivir una época curtida por un relativismo, con frecuencia agresivo, en la que muchos viven una religiosidad nebulosa, abstracta… y hasta sin Dios. Se confunde le religión con un sentimiento religioso, donde no caben las verdades reveladas inmutables de fe y moral. Los mandamientos son considerados como simples consejitos. La liturgia se confunde a su vez con las prácticas de una vaga religiosidad, sin normas fijas, donde cada quien puede añadir o quitar a su antojo.

El sacerdocio es algo divino, sin embargo tiene mucho de humano. Y siendo que el hombre de nuestra época atraviesa por fuertes crisis de identidad, de inmadurez, de falta de valores y debilidad de virtudes, de inestabilidad familiar y afectiva, no resulta raro que escaseen las vocaciones sacerdotales, puesto que el sacerdocio, como el matrimonio, son vocaciones de servicio y nuestro sistema egoísta de vida no acepta servir.

Resulta lógico que el sacerdote deba cuidar su identidad sin dejarse arrastrar por la tentación de “confundirse” con el resto de los fieles, dado que su misión es de pastor. Debe ser guía en cuanto a su amor a Dios y a los demás. Con un conocimiento profundo y asequible, a la vez, para hablar del amor que nos creó y al que debemos tender a través de nuestra realidad ordinaria.

El Papa Pablo VI, en una alocución a los socios del Club Alpino Italiano les dijo: “El lenguaje bíblico, especialmente en los salmos, llama a Dios con el nombre de roca, de piedra: Él es Aquel que no abandona, Aquel en quien uno se puede apoyar y agarrar, porque sólo en Él está la salvación y la gloria”.

El sacerdote está llamado, pues, a recordar que hemos de edificar nuestra vida en la roca firme de ese Dios que es amor, pero a la vez fuerte como ninguno.

Fotos de Pacaran – Zúñiga

El día martes 16 de diciembre, algunos alumnos de Pacaran y de  Zúñiga recibieron la Confirmación de manos de Monseñor Frutos Berzal Vicario General de la Prelatura de Yauyos.  Los jóvenes dieron un paso más en su compromiso de cristiano católico de ser: soldado, apóstol y testigo de CRISTO.

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