Hablemos de dinero…

Recuerdo las sentencias que de niño me enseñaron sobre el dinero:

«El dinero es la raíz de todos los males».

«Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos».

«El dinero no compra la felicidad».

Estas enseñanzas lapidarias se reforzaban con cuentos e historias como la del legendario Rey Midas que convertía en oro lo que tocaba con las incómodas consecuencias…

En nuestra casa el dinero no fue la raíz de los males pero sí de muchas preocupaciones. Mis padres trabajaban duro, el presupuesto lo repartían estrictamente y aunque no padecíamos escasez y hasta gozamos en épocas de ciertas comodidades nos preparaban para el día en que de mayores encontráramos «un lobo aullando a nuestra puerta», expresión campesina antigua que aludía a que cuando los lobos pasaban hambre descendían a los poblados de los hombres, que tampoco estaban demasiado holgados de alimentos.

Cuando llegué a la madurez descubrí en uno de los Padres de la Iglesia, no recuerdo cuál, una visión más equilibrada y justa del dinero. El dinero, escribía, podía ser todo lo malo o bueno que fuera el carácter de la persona (o nación) que lo poseía. En manos de un S. Francisco de Asís unas cuantas monedas de oro son criaturas de Dios creadas por el hombre para hacer el bien; en manos de un avaro, objeto de codicia; en manos de alguien ávido de poder, una forma de comprar votos o voluntades.

Contemplamos la brecha entre ricos y pobres que parece agrandarse día a día. Una brecha que viene de lejos como una iniquidad de la que no sabemos librarnos. Y esa enorme zanja me recuerda lo que un poeta escribía hace más de cincuenta años:

«Nuestros tiempos son los mejores si los medimos con la escala de la riqueza y el poder. Pero son los peores si nos han hecho capaces de juzgar el bienestar y el éxito por la riqueza y el poder».