Llaman a la puerta

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Un artista había pintado un bonito cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se trataba de un famoso y reconocido pintor.  Llegado el momento, se quitó la tela que tapaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso.

Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si le respondía alguien desde dentro de la casa. 

Todos admiraron aquella preciosa obra de arte. Uno de los asistentes, una persona muy observadora y curiosa, encontró un defecto un deun en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al autor:   “¡La puerta no tiene cerradura! ¿Cómo se hace para abrirla?“ El pintor le respondió:

         “Te has dado cuenta del detalle, y es cierto que la puerta no tiene cerradura. Esto es así porque esta puerta representa el corazón del hombre y el corazón del hombre sólo se puede abrir desde dentro…”

Esta pequeña historia me hizo reflexionar. Realmente si no abrimos desde dentro la puerta de nuestro corazón Dios no puede entrar en nuestra casa, y como Dios respeta totalmente nuestra libertad, nunca forzará la puerta, sólo se limitará a llamar suave e insistentemente. Y si no abrimos será porque estamos inmersos en el jaleo del mundo que no nos deja oir la llamada, o conscientemente no nos atrevemos a abrir la puerta por miedo.

 ¿Con quién nos identificaremos cada uno? Con el que no oye la llamada, con el que no quiere abrir o con el que abre la puerta alegremente para que pase Jesús… Esa es nuestra elección…

El tren de la vida

La vida no es más que un viaje por tren: repleto de embarques y desembarques, salpicado de accidentes, sorpresas agradables en algunos embarques, y profundas tristezas en otros. Al nacer, nos subimos al tren y nos encontramos con algunas personas las cuales creemos que siempre estarán con nosotros en este viaje: nuestros padres.

Lamentablemente la verdad es otra. Ellos se bajarán en alguna estación dejándonos huérfanos de su cariño, amistad y su compañía irreemplazable. No obstante, esto no impide a que se suban otras personas que nos serán muy especiales.

Llegan nuestros hermanos, nuestros amigos y nuestros maravillosos amores. De las personas que toman este tren, habrá los que lo hagan como un simple paseo, otros que encontrarán solamente tristeza en el viaje, y habrá otros que, circulando por el tren, estarán siempre listos en ayudar a quien lo necesite.

Muchos al bajar, dejan una añoranza permanente; otros pasan tan desapercibidos que ni siquiera nos damos cuenta que desocuparon el asiento.  Es curioso constatar que algunos pasajeros, quienes nos son más queridos, se acomodan en vagones distintos al nuestro. Por lo tanto, se nos obliga hacer el trayecto separados de ellos. Desde luego, no se nos impide que durante el viaje, recorramos con dificultad nuestro vagón y lleguemos a ellos.

No importa; el viaje se hace de este modo; lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas y despedidas… pero jamás regresos. Entonces, hagamos este viaje de la mejor manera posible. Tratemos de relacionarnos bien con todos los pasajeros, buscando en cada uno, lo que tengan de mejor.

Recordemos siempre que en algún momento del trayecto, ellos podrán titubear y probablemente precisaremos entenderlos ya que nosotros también muchas veces titubearemos, y habrá alguien que nos comprenda.

El gran misterio, al fin, es que no sabremos jamás en qué estación bajaremos, mucho menos dónde bajarán nuestros compañeros, ni siquiera el que está sentado en el asiento de al lado. Me quedo pensando si cuando baje del tren, sentiré nostalgia… Creo que sí. Separarme de algunos amigos de los que me hice en el viaje será doloroso.

 Dejar que mis hijos sigan solitos, será muy triste. Pero me aferro a la esperanza de que, en algún momento, llegaré a la estación principal y tendré la gran emoción de verlos llegar con un equipaje que no tenían cuando embarcaron.

Lo que me hará feliz, será pensar que colaboré con que el equipaje creciera y se hiciera valioso. Amigos, hagamos que nuestra estadía en este tren sea tranquila, que haya valido la pena. Hagamos tanto, para que cuando llegue el momento de desembarcar, nuestro asiento vacío, deje añoranza y lindos recuerdos a los que en el viaje permanezcan.

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