Audiencia general (24-Jn): “Que el año sacerdotal sirva para reforzar la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado”

Queridos hermanos y hermanas:
El pasado viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tuve la alegría de inaugurar el Año Sacerdotal, con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la muerte de san Juan María Vianney. El objetivo de este Año, como he escrito en la carta que he enviado a los sacerdotes, es renovar en cada uno de ellos la aspiración a la perfección espiritual, de la que depende en gran medida la eficacia de su ministerio. Asimismo, esta iniciativa servirá para reforzar en todo el Pueblo de Dios la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado para quien lo ha recibido, para toda la Iglesia y para el mundo. Espero que este Año Sacerdotal sea un tiempo de abundantes gracias para todos los sacerdotes, en el que profundicen en su íntima unión con Cristo crucificado y resucitado. Que a imitación de San Juan Bautista, cuya fiesta celebramos hoy, estén dispuestos a “disminuir” para que Él crezca, y así, siguiendo también el ejemplo del Cura de Ars, consideren la enorme responsabilidad de la misión que les ha sido encomendada, que es signo y presencia de la infinita misericordia de Dios.
Publicado por fraternidad

La vida es breve y hay que gastarlo bien…

Crisis sacerdotales?

En una ocasión alguien me preguntó que por qué andaba yo disfrazado de sacerdote, pues desde que me ordené acostumbro vestir así. He de aclarar que yo no me disfrazo de sacerdote, sino que visto de acuerdo a lo que soy. Mi ropa clerical es mi uniforme, el cual me ha permitido ejercer mi ministerio dentro y fuera de los espacios sagrados dedicados a la celebración cultual.

Vestir así no me avergüenza porque no es algo malo y cuando me he sentido incómodo al constatar que la gente se me queda viendo, me viene a la cabeza que en esta época se suele exigir el testimonio. Y esta es una forma más de recordarle al mundo que Dios existe.

Ya sé que el hábito no hace al monje, ni la sotana al sacerdote, pero quien viste un uniforme, de cualquier tipo, representa a la institución que lo avala y deberá exigirse en su conducta para no demeritarla.

Nos ha tocado vivir una época curtida por un relativismo, con frecuencia agresivo, en la que muchos viven una religiosidad nebulosa, abstracta… y hasta sin Dios. Se confunde le religión con un sentimiento religioso, donde no caben las verdades reveladas inmutables de fe y moral. Los mandamientos son considerados como simples consejitos. La liturgia se confunde a su vez con las prácticas de una vaga religiosidad, sin normas fijas, donde cada quien puede añadir o quitar a su antojo.

El sacerdocio es algo divino, sin embargo tiene mucho de humano. Y siendo que el hombre de nuestra época atraviesa por fuertes crisis de identidad, de inmadurez, de falta de valores y debilidad de virtudes, de inestabilidad familiar y afectiva, no resulta raro que escaseen las vocaciones sacerdotales, puesto que el sacerdocio, como el matrimonio, son vocaciones de servicio y nuestro sistema egoísta de vida no acepta servir.

Resulta lógico que el sacerdote deba cuidar su identidad sin dejarse arrastrar por la tentación de “confundirse” con el resto de los fieles, dado que su misión es de pastor. Debe ser guía en cuanto a su amor a Dios y a los demás. Con un conocimiento profundo y asequible, a la vez, para hablar del amor que nos creó y al que debemos tender a través de nuestra realidad ordinaria.

El Papa Pablo VI, en una alocución a los socios del Club Alpino Italiano les dijo: “El lenguaje bíblico, especialmente en los salmos, llama a Dios con el nombre de roca, de piedra: Él es Aquel que no abandona, Aquel en quien uno se puede apoyar y agarrar, porque sólo en Él está la salvación y la gloria”.

El sacerdote está llamado, pues, a recordar que hemos de edificar nuestra vida en la roca firme de ese Dios que es amor, pero a la vez fuerte como ninguno.